Resumen
Descubre la poderosa historia de amor que inspiró la creación de Hamlet, la intemporal obra maestra de Shakespeare.
El lienzo de luz y sombra donde el duelo se convierte en arte eterno
«Hamnet» no es la crónica de un genio, sino el retrato de un vacío. La película de Chloé Zhao se sitúa en los márgenes de la historia oficial para rescatar del olvido a Agnes Hathaway, la mujer que habitó las sombras mientras su marido, William Shakespeare, conquistaba las tablas de Londres. A través de una narrativa no lineal, la cinta nos transporta a una Inglaterra rural, táctil y supersticiosa, donde el brote de una plaga accidental —un viaje fortuito de una pulga en un barco de seda— desencadena la tragedia que cambiaría la literatura para siempre. Es una obra que se aleja del ruido del teatro para centrarse en el silencio de una casa de campo donde el tiempo parece haberse detenido tras la muerte de un niño.
La Trama: Del duelo a la inmortalidad
La película, al igual que el libro, no es una biografía tradicional de William Shakespeare (quien, significativamente, apenas es nombrado por su nombre de pila). Es la historia de Agnes Hathaway, una mujer con dones curativos y una conexión mística con la naturaleza, y su matrimonio con un joven preceptor de latín en Stratford-upon-Avon.
El núcleo emocional es la pérdida de su hijo de 11 años, Hamnet, a causa de la peste en 1596. La trama se bifurca entre el pasado idílico del cortejo y el presente devastador del luto, culminando en cómo esa tragedia personal se transmutó en la obra cumbre de la literatura universal: Hamlet.
Para profundizar en la trama de «Hamnet», debemos entender que la película no avanza de forma lineal, sino que opera como un mecanismo de relojería emocional donde el pasado (el deseo) y el presente (la pérdida) chocan constantemente.

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La dualidad de la vida y la muerte
La trama de la película se construye sobre una paralelo narrativo constante:
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El pasado (La construcción del mundo): Vemos a un joven William Shakespeare atrapado en una vida que le asfixia y a una Agnes que parece pertenecer a otro siglo. Su unión es un acto de rebelión. La trama aquí es táctil: el descubrimiento de los cuerpos, la libertad en el bosque y la fundación de una familia.
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El presente (La desintegración): El ritmo cambia drásticamente cuando la peste entra en la casa. La trama se vuelve claustrofóbica. El sacrificio de Hamnet —quien, en un acto de amor puro, decide «intercambiar» su lugar con su hermana gemela Judith, que es quien inicialmente enferma— es el giro trágico que redefine todo.
La Metáfora del Duelo y el Teatro: El escenario como ritual
El clímax de la película y su mayor peso intelectual residen en la conexión entre la muerte del niño y el nacimiento de la obra Hamlet. Aquí, el teatro no es entretenimiento, es nigromancia.
1. El nombre como puente
Históricamente, «Hamnet» y «Hamlet» eran nombres intercambiables en el siglo XVI. La película utiliza esto para establecer que William no está escribiendo una obra de ficción, está realizando un exorcismo. Al poner el nombre de su hijo muerto a su protagonista, está intentando traerlo de vuelta al mundo de los vivos, aunque sea en una realidad de cartón-piedra y versos.
2. La inversión de los roles (La metáfora final)
En la escena final, cuando Agnes viaja a Londres y ve la representación de Hamlet, ocurre la gran revelación metafórica:
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En la vida real, el hijo murió y el padre sobrevivió para cargar con el dolor.
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En el escenario, el padre (el fantasma del Rey) muere y el hijo (el Príncipe) sobrevive (al menos inicialmente) para buscar justicia.
El teatro permite que William Shakespeare asuma el papel del muerto (el Fantasma) para que su hijo pueda «vivir» de nuevo a través del actor. Es un acto de sacrificio artístico: el padre se entrega a la muerte en la ficción para que el nombre de su hijo resuene en la eternidad.
3. El teatro como «lugar seguro» para el dolor
Para Agnes, el duelo es una herida abierta en la tierra; para William, el teatro es un contenedor para el caos. La película sugiere que el arte es la única herramienta humana capaz de dar orden a una pérdida que no tiene sentido. El escenario es el único lugar donde el tiempo puede volver atrás y donde un padre y un hijo pueden volver a encontrarse, aunque sea bajo el disfraz de una tragedia danesa.
El Lenguaje del Silencio vs. El Lenguaje del Verso
La película juega con una dicotomía fascinante:
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Stratford (Agnes): Representa el duelo mudo. El dolor de Agnes no tiene palabras, se expresa en el silencio de una habitación vacía, en el tejido de la ropa de su hijo, en la soledad del campo. Es un duelo orgánico y físico.
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Londres (William): Representa el duelo articulado. William traduce su angustia a soliloquios. El teatro es su forma de gritar lo que no pudo decir en el funeral.
Conclusión de la metáfora: La película nos dice que la obra Hamlet no existiría sin el vacío que dejó Hamnet. El genio de Shakespeare no nace de la inspiración divina, sino de la necesidad desesperada de un padre por volver a hablar con su hijo. La «metafísica» de la película es que el arte es el único lugar donde los muertos no mueren del todo.
La mirada de Zhao: Un naturalismo poético que rescata la historia de las sombras de la leyenda
Tras conquistar la industria con su mirada sobre la América periférica, Chloé Zhao traslada su particular caligrafía visual a la Inglaterra del siglo XVI. Su elección como directora no es casual: la sensibilidad de Zhao para integrar el paisaje con la psicología humana es el puente perfecto para adaptar una novela que respira a través de la naturaleza. En Hamnet, Zhao renuncia al artificio del ‘biopic’ tradicional para abrazar un naturalismo poético, donde la luz de las velas y los horizontes abiertos de Stratford se convierten en el espejo del alma de sus personajes. Su dirección no busca explicar la tragedia, sino permitir que el espectador la habite, utilizando su característica ‘hora dorada’ no solo como recurso estético, sino como una metáfora de la belleza efímera de la vida
Artesanía y Claroscuro: Una inmersión sensorial en la fragilidad de la Inglaterra isabelina
La excelencia de Hamnet no se limita a su guion o a sus rostros protagonistas; se manifiesta en una construcción técnica que busca la autenticidad por encima del espectáculo. En un género que a menudo cae en la saturación visual, esta producción apuesta por una estética orgánica que parece extraída de los pigmentos de la época. Cada decisión, desde la textura de los tejidos hasta el diseño sonoro de la campiña inglesa, está orientada a sumergir al espectador en un mundo pre-industrial donde la vida era táctil, ruda y extremadamente frágil. La técnica aquí no sirve para deslumbrar, sino para otorgar una veracidad casi documental a la tragedia íntima de la familia Shakespeare
Buckley y Mescal: La encarnación del duelo entre el misticismo de la tierra y el refugio de la palabra
En un drama de época donde el silencio pesa más que el diálogo, la carga de la película recae enteramente en la fisonomía de sus protagonistas. No estamos ante interpretaciones de época encorsetadas por el protocolo, sino ante un ejercicio de crudo realismo emocional. La química entre Jessie Buckley y Paul Mescal trasciende la mera recreación histórica; ambos logran traducir la prosa sensorial de O’Farrell a un lenguaje de miradas, respiraciones y gestos rotos. Mientras ella ancla la película a la tierra y al misticismo, él aporta la vibración de una mente que huye de la realidad a través del genio, creando un equilibrio interpretativo que es, en sí mismo, el motor que hace avanzar la narrativa.
Paul Mescal interpreta a un Shakespeare que todavía no sabe que es Shakespeare. Se nos presenta como un hombre joven atrapado en una casa pequeña bajo la sombra de un padre violento. Mescal aporta esa vulnerabilidad masculina característica de sus trabajos anteriores: un hombre que ama profundamente pero que no sabe cómo habitar el dolor doméstico. Para él, Londres no es solo ambición, es una vía de escape. La película analiza cómo el artista utiliza la ficción para procesar la culpa de no haber estado presente cuando su hijo exhaló su último aliento.
En manos de Jessie Buckley, Agnes deja de ser la «esposa mayor» para convertirse en una figura chamánica y elemental. Agnes posee una sensibilidad sobrenatural; lee el futuro en el pliegue de una mano y cura con raíces. Zhao la filma siempre rodeada de naturaleza (bosques, halcones, polen), sugiriendo que ella es una extensión del paisaje. Su personaje representa el duelo visceral. Mientras su marido huye al lenguaje, ella permanece en el espacio físico de la pérdida. Su interpretación desmantela la idea de la «viuda de negro» y la sustituye por una mujer que lucha contra la ausencia con una ferocidad casi animal.
Conclusión
«Hamnet» es mucho más que un drama histórico; es una exploración devastadora y bellísima sobre los hilos invisibles que conectan la vida, la pérdida y la creación. Chloé Zhao logra algo extraordinario: despojar al nombre de «Shakespeare» de su peso académico para devolverle su humanidad más cruda. La película triunfa al recordarnos que detrás de cada obra maestra existe un rastro de dolor real, y que el arte es, a menudo, el último refugio que nos queda para mantener vivos a quienes el destino nos arrebató. Es una pieza cinematográfica que se siente en los huesos, que no busca el aplauso fácil, sino la comunión silenciosa con el espectador a través de la belleza y la tristeza.
Lo Mejor: La interpretación de Jessie Buckley, La cinematografía de Chloé Zhao y El clímax final
Lo Peor: El ritmo contemplativo que puede hacer que algunos espectadores la consideren demasiado lenta, personajes secundarios desdibujados
Nota: 9
A continuación os dejamos el tráiler de la pelicula que se estreno ayer viernes 23 de Enero en Cines y es una obra imprescindible para quienes entienden el cine no solo como entretenimiento, sino como un ritual de sanación.
