La maldición ya no está en la tumba, está en el salón
Durante décadas, el cine nos enseñó a temer a la momia como un artefacto arqueológico: un monstruo envuelto en vendas, lento y ligado a las arenas de Egipto. Pero Lee Cronin, tras su triunfal paso por el universo Evil Dead, ha decidido enterrar definitivamente esa versión aventurera para resucitar al mito como algo mucho más peligroso: una enfermedad. En esta nueva entrega, la momificación deja de ser una reliquia del pasado para convertirse en un horror contemporáneo, visceral y claustrofóbico. Al alejar la cámara de los grandes escenarios y encerrarla entre las paredes de un hogar roto, Cronin no solo firma una película de posesiones infernales, sino que disecciona la descomposición de una familia que, al intentar recuperar lo que perdió, termina invitando a la muerte a sentarse en su propia mesa.
Tras revitalizar la saga Evil Dead con Evil Dead Rise, Lee Cronin ha decidido abordar uno de los mitos más clásicos del cine de terror: La Momia. Sin embargo, el director irlandés nos ofrece un giro radical: olvidaos de los buscadores de tesoros, las maldiciones arqueológicas a gran escala o la aventura pulp. Cronin despoja al mito de su barniz espectacular para encerrarlo en una pesadilla de terror doméstico y posesión demoníaca.
La erosión familiar y el duelo imposible
El corazón de The Mummy no late bajo las arenas del desierto, sino en el frágil tejido de un hogar que intenta recomponerse tras una tragedia devastadora. Lee Cronin abandona el gran espectáculo para ejecutar una disección quirúrgica del dolor: la historia no trata sobre una maldición universal, sino sobre la incapacidad de aceptar la pérdida. Cuando la pequeña Katie regresa tras ocho años de ausencia, la película deja de ser una cinta de monstruos convencional para convertirse en un estudio de la negación, donde el horror no es solo lo que acecha en la oscuridad, sino el miedo corrosivo de unos padres que prefieren abrazar a un ser deshumanizado antes que enfrentarse a la realidad de que aquello que amaban ya no existe.
La premisa de The Mummy es un ejercicio de horror psicológico que deriva en supervivencia visceral. Ocho años después de que su hija Katie desapareciera en el desierto egipcio, la familia Cannon —liderada por un atribulado periodista (Jack Reynor) y su esposa Larissa (Laia Costa)— recibe el impacto de su inesperado regreso. Pero Katie no vuelve sola ni indemne: regresa envuelta en el misterio de una extraña sarcófago, catatónica y con un estado físico que roza la putrefacción. La película funciona mejor cuando se centra en la negación de los padres y la tensión de convivir con algo que ellos quieren creer que es su hija, pero que, a todas luces, es un recipiente de maldad.
El cine de momias ha vivido históricamente atrapado en dos extremos: la aventura pulp al estilo Indiana Jones o el terror gótico de la Hammer donde la momia era una fuerza imparable pero estática. Sin embargo, Lee Cronin ejecuta aquí una cirugía de género fascinante. Al despojar al mito de su envoltorio de «tesoro maldito», The Mummy se desmarca del legado de Stephen Sommers para abrazar una tradición de horror existencial mucho más incómoda.
Del monstruo clásico al horror existencial
El cine de momias ha vivido históricamente atrapado en dos extremos: la aventura pulp al estilo Indiana Jones o el terror gótico de la Hammer donde la momia era una fuerza imparable pero estática. Sin embargo, Lee Cronin ejecuta aquí una cirugía de género fascinante. Al despojar al mito de su envoltorio de «tesoro maldito», The Mummy se desmarca del legado de Stephen Sommers para abrazar una tradición de horror existencial mucho más incómoda. La cinta dialoga directamente con la angustia metafísica de La semilla del diablo (Polanski) y la paranoia doméstica de Poltergeist, transformando la figura de la momia en una entidad que no busca venganza política, sino una invasión parasitaria. Es imposible no ver trazos de El Exorcista en su gestión del cuerpo como recipiente de lo profano, o ecos de la frialdad clínica del Seven de Fincher al retratar la descomposición. Cronin no solo resucita un icono; lo traslada a un terreno donde el verdadero miedo no emana de un sarcófago, sino de la idea de que, al abrir la puerta al pasado, es imposible controlar lo que decide cruzar el umbral contigo.
El ADN de The Mummy es un mapa de tesoros para cualquier cinéfilo del terror. Cronin no oculta sus influencias, sino que las utiliza para subvertir las expectativas del público, empezando El legado de la Posesión, donde la película respira la atmósfera asfixiante de «El Exorcista» (1973). Al igual que en la obra de Friedkin, el terror aquí es una lucha de voluntades donde la fe y la ciencia chocan contra lo inexplicable, con una protagonista, Katie, cuya transformación física y conductual evoca directamente la fragilidad rota de Regan MacNeil. Continuamos con El sello Evil Dead, es imposible no notar la mano del director de Evil Dead Rise. Cronin mantiene esa predilección por el horror visceral y táctil; la forma en que la cámara se recrea en la «podredumbre» y la textura de la piel deshidratada de la momia remite a esa estética del gore creativo que ha definido su carrera. Hay momentos en los que el diseño de sonido —ese crujido orgánico de huesos al moverse— parece un guiño directo a los Deadites de su anterior filme. Finalmente El horror de la paranoia, donde hay una deuda clara con «Poltergeist» (1982) en cuanto a la invasión del espacio sagrado: el hogar. Mientras que en el clásico de Hooper la casa es el escenario del rapto, aquí la casa se convierte en el lugar de la «acogida» forzada. Esa sensación de que algo ha entrado en tu casa y está cambiando a tu familia desde dentro bebe también de la inquietud presente en «Hereditary» (2018) de Ari Aster, especialmente en cómo el trauma de la pérdida sirve de combustible para una entidad sobrenatural que parece alimentarse del duelo.
El sello de Lee Cronin: La arquitectura del terror visceral
Hablar de Lee Cronin es hablar de un director que entiende que el verdadero horror no reside en lo que vemos, sino en lo que intuimos justo antes de que la pantalla nos fuerce a mirar. Tras haber dejado una huella indeleble en el género con Evil Dead Rise, Cronin ha consolidado un estilo autoral muy distintivo: una puesta en escena que privilegia lo táctil y lo analógico frente al exceso digital.
Su trabajo se caracteriza por una obsesión técnica por el diseño sonoro, donde los crujidos, los silencios y los ruidos ambientales se convierten en un personaje más, capaz de elevar el pulso del espectador incluso en los momentos de calma. Pero, más allá de la técnica, Cronin es un maestro en la gestión de la claustrofobia; sus espacios siempre se sienten asfixiantes, convirtiendo escenarios cotidianos —como un edificio de apartamentos o, en este caso, un hogar familiar— en trampas mortales donde la psicología de los personajes se desmorona a la misma velocidad que su entorno físico. Cronin no busca el susto fácil; busca la incomodidad persistente, esa que te acompaña mucho después de que se enciendan las luces de la sala.
La humanización del abismo
En una cinta donde lo sobrenatural amenaza con devorar cada rincón de la pantalla, el peso de la película recae íntegramente sobre los hombros de su elenco. Lee Cronin sabe que, para que el horror funcione, el espectador debe sentir primero el peso emocional de la pérdida. Por ello, el trabajo interpretativo en The Mummy no se limita a la reacción ante el susto, sino a la construcción de un drama familiar profundamente crudo. El reparto se enfrenta al desafío de habitar personajes que viven en un estado de duelos congelados, donde cada interacción con la «entidad» que ha regresado a sus vidas está cargada de una tensión psicológica asfixiante. A continuación, analizamos cómo cada uno de estos intérpretes logra anclar la pesadilla sobrenatural en una realidad visceral y perturbadora.
En una cinta donde lo sobrenatural amenaza con devorar cada rincón de la pantalla, el peso de la película recae íntegramente sobre los hombros de su elenco. Lee Cronin sabe que, para que el horror funcione, el espectador debe sentir primero el peso emocional de la pérdida. A continuación, analizamos cómo cada uno de estos intérpretes logra anclar la pesadilla sobrenatural en una realidad visceral:
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Jack Reynor (David Cannon): Reynor interpreta a un padre cuya racionalidad, como periodista, colapsa ante lo inexplicable. Su actuación es un estudio de la culpa masculina; su personaje no busca salvar el mundo, busca desesperadamente «arreglar» su error pasado. Es el ancla de realidad que, a medida que la trama avanza, se quiebra de forma magistral, mostrando a un hombre superado por una realidad que no puede redactar.
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Laia Costa (Larissa Cannon): Costa ofrece probablemente la interpretación más compleja. Como la madre, representa la negación absoluta. Su capacidad para transmitir el amor materno condicional —ese que ignora las señales de que algo está terriblemente mal— es lo que convierte a The Mummy en una cinta tan perturbadora. Es el pilar emocional que sostiene la casa, y verla derrumbarse es el verdadero motor del horror.
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Natalie Grace (Katie Cannon): Ella es el centro gravitatorio de la película. Su trabajo es puramente físico: desde la desorientación inicial hasta la transformación en un recipiente de maldad. La manera en que Grace utiliza la contorsión y la falta de parpadeo para comunicar que «aquí ya no hay nadie» es una proeza que eleva el filme al nivel de las grandes interpretaciones del género.
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May Calamawy (Dalia Zaki): Calamawy funciona como el contrapunto necesario. Como investigadora, es el puente entre el mundo del mito egipcio y la realidad doméstica. Su personaje aporta la lógica necesaria para que el espectador no se pierda, pero lo hace con una vulnerabilidad que sugiere que ella también sabe que están entrando en un terreno del que quizá no puedan salir.
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Shylo Molina y Billie Roy (Los hijos restantes): Actuando como testigos mudos o aterrorizados de la degradación de su hermana, ambos logran transmitir la inquietud de vivir en una casa que ya no es segura. Su papel es crucial para reflejar cómo el trauma del regreso de Katie se filtra en la siguiente generación, convirtiendo el hogar familiar en un campo de minas psicológico.
El precio de traer al pasado de vuelta
En definitiva, The Mummy (2026) es un ejercicio audaz que cumple su objetivo principal: hacer que un icono agotado vuelva a sentirse peligroso. Lee Cronin ha logrado lo que parecía imposible, transformando el arquetipo de la momia en un vehículo de horror psicológico y body horror que se siente genuinamente actual. La película no es un viaje de ida hacia el espectáculo, sino un descenso a la culpabilidad, donde la verdadera monstruosidad no radica en la maldición egipcia, sino en la fragilidad de una familia que, cegada por el amor y el duelo, permite que la oscuridad cruce su umbral.
Si bien su guion tropieza ocasionalmente con explicaciones innecesarias y un ritmo que a veces cede ante la necesidad de espectacularizar lo que mejor funcionaba en el silencio, la ejecución técnica, el diseño de producción táctil y, sobre todo, la entrega física de Natalie Grace, la sitúan como una de las experiencias más perturbadoras del año. Es un filme que no busca tu aplauso, sino dejarte una huella incómoda en la memoria. No es la película de momias que recordamos, y precisamente por eso, es la que el género necesitaba.
Lo mejor: La dirección de arte y el maquillaje de Arjen Tuiten; una atmósfera opresiva que se siente real; la interpretación física, casi animal, de Natalie Grace.
Lo peor: Un tercer acto que intenta explicar demasiado, diluyendo parte del aura enigmática del inicio; algunos giros de guion que fuerzan la credulidad del espectador.
Nota: 7
A continuación os dejamos el tráiler de la pelicula que llega hoy a los cines




