La trinchera de la memoria y la dignidad frente al horror institucional
Hay películas que nacen con vocación de entretenimiento y otras que se alzan como un acto de justicia histórica urgente. En esta última categoría se encuadra sin discusión Ruega por nosotras, el nuevo y demoledor largometraje de Daniel Monzón. Alejándose de los códigos del thriller testosterónico que marcaron cumbres de su filmografía como Celda 211, el director mallorquín cambia de registro con una madurez autoral inapelable para zambullirse de lleno en uno de los episodios más oscuros, silenciados y vergonzantes del tardofranquismo y la Transición española: los tentáculos del Patronato de Protección a la Mujer.
Ambientada inicialmente en la Barcelona de 1974, la historia nos presenta a Ana (Zoe Bonafonte), una joven de diecinueve años de clase acomodada cuya única «desviación» ante los ojos de una sociedad carca y patriarcal ha sido escaparse una noche para acudir a un concierto. Su castigo, dictado por un padre tan riguroso como convencido de la rectitud moral del régimen, no es una reprimenda familiar, sino el destierro institucional: su ingreso en un reformatorio madrileño dependiente del Patronato. Allí, entre muros fríos y bajo la coartada de una supuesta «regeneración cristiana», se esconde un engranaje implacable diseñado para anular la voluntad, la libertad y el cuerpo de cualquier mujer considerada «rebelde» o «caída».
Con un guion coescrito junto a su inseparable Jorge Guerricaechevarría, Monzón construye una atmósfera claustrofóbica donde el verdadero terror no brota de la fantasía, sino de la burocracia del fanatismo y de la impunidad con la que el Estado y la Iglesia mancomunaban el control sobre la autonomía femenina. Sin embargo, lejos de regodearse únicamente en el dolor o de caer en el melodrama de brocha gorda, la película encuentra su pulso vital en el contraste: en los pasillos asfixiantes del convento brilla la luz deslumbrante de la amistad entre Ana y Sole (Manuela Calle), una resistencia íntima y de trinchera que demuestra cómo el afecto mutuo y la sororidad pueden convertirse en el único refugio de humanidad posible frente al horror.
Una introducción imprescindible para una obra dolorosa, necesaria y firmemente anclada en el talento revelación de sus jóvenes actrices, que nos recuerda que remover las cloacas del pasado es la única manera de cicatrizar las heridas del presente.
Desgarrando los engranajes del Patronato
Para comprender la verdadera magnitud de Ruega por nosotras, es necesario adentrarse en el complejo andamiaje narrativo y sociológico que Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría despliegan en el corazón del metraje. La trama no se limita a exponer la dureza de un reformatorio; el guion funciona como una disección clínica de cómo el totalitarismo moral se infiltraba en la vida cotidiana, utilizando las instituciones del Estado y de la Iglesia como herramientas de control biopolítico sobre los cuerpos de las mujeres.
La película arranca en la Barcelona de 1974 con una precisión casi asfixiante al retratar el choque entre el despertar juvenil y la pétrea moral de la época. La «transgresión» de Ana (Zoe Bonafonte) —una escapada nocturna para sentir la música y la libertad en un concierto— se nos muestra no como un acto delictivo, sino como el ejercicio legítimo de la juventud. Sin embargo, en la España tardofranquista, cualquier atisbo de autonomía femenina era interpretado como una patología social.
El momento en que el padre de Ana decide entregarla al Patronato de Protección a la Mujer ilustra con crudeza la complicidad familiar con el sistema represivo. No hay juicio, ni derecho a la defensa, ni clemencia: la ley amparaba que un tutor legal pudiera enterrar en vida a una joven bajo la etiqueta ambigua y arbitraria de «peligrosidad social» o «conducta descarriada». Este giro inicial establece un pacto con el espectador, sumergiéndolo desde el primer minuto en una sensación de absoluta indefensión jurídica y moral.
Una vez trasladada al centro de reclusión en Madrid, la trama se adentra en los rituales de deshumanización propios de un régimen carcelario eclesiástico. Monzón evita los tópicos del cine de terror sobrenatural para recordarnos que la realidad histórica superaba cualquier ficción. El despojo de las pertenencias personales, el pelo y la imposición de un uniforme idéntico actúan como un mecanismo quirúrgico diseñado para borrar la individualidad. La identidad de Ana y de sus compañeras es sustituida por números, jerarquías de castigo y un silencio impuesto a golpe de rosario y disciplina militar.
El guion pone especial acento en la hipocresía institucional. Las religiosas y los tutores del Patronato justifican la violencia física, psicológica y el trabajo forzado bajo el pretexto paternalista de «salvar sus almas» y reconducirlas hacia el buen camino. La crueldad se disfraza de bondad celestial, un contraste que multiplica la sensación de claustrofobia y asfixia en el patio de butacas.
En medio de esta maquinaria trituradora de voluntades, la trama encuentra su pulso emocional más genuino con la aparición de Sole (Manuela Calle). La relación que se teje entre Ana y Sole no se plantea como un alivio cómico superficial, sino como el auténtico eje vertebrador de la resistencia humana. Mientras el reformatorio busca fomentar la delación y la desconfianza mutua entre las internas para mantenerlas controladas, la amistad entre ambas jóvenes se convierte en un acto de desobediencia civil radical. La trama demuestra que, frente a un sistema diseñado para la aniquilación del yo, la solidaridad femenina y el afecto mutuo son las únicas trincheras capaces de preservar la dignidad y mantener viva la esperanza de recuperar la libertad.
El Patronato de Protección a la Mujer y las sombras de un país que miró hacia otro lado
Para aprehender en toda su dimensión la carga dramática de Ruega por nosotras, resulta imprescindible despojarse por un instante del filtro cinematográfico y asomarse al abismo histórico que sostiene su argumento. La película de Daniel Monzón no germina en un vacío creativo ni apela al recurso del drama de época edulcorado; se levanta, con un rigor escalofriante, sobre los cimientos de una de las estructuras de control biopolítico y social más crueles, sistemáticas y silenciadas de la historia reciente de España: el Patronato de Protección a la Mujer.
Analizar la trama de la cinta sin comprender la naturaleza del Patronato sería reducir la obra a una mera peripecia carcelaria. La institución no funcionaba como un elemento periférico de la dictadura, sino como el brazo ejecutor de una doctrina moral colectiva donde la Iglesia Católica y el Estado eclesiástico-militar compartían el monopolio absoluto sobre el cuerpo, la conducta, la sexualidad y el destino de la mujer.
Aunque sus antecedentes legislativos se remontan a principios del siglo XX (con el Patronato Real de 1902 para la represión de la trata de blancas), fue el régimen franquista el que reestructuró y potenció esta entidad mediante un decreto en 1941, adscribiéndola al Ministerio de Justicia y otorgándole un poder punitivo sin parangón. Bajo la fachada benéfico-asistencial de «dignificar a la mujer caída o en riesgo de caer», el Patronato operó como una red de detención e internamiento arbitrario. La ambigüedad del concepto «riesgo de caer» permitía perseguir a cualquier joven que se desviara del arquetipo del «ángel del hogar» promulgado por la Sección Femenina y la moral nacionalcatólica. No hacía falta cometer delito alguno. Bastaba con ser considerada «rebelde», haber huido de casa, vestir de forma juzgada provocativa, acudir a bailes o conciertos sin supervisión, quedarse embarazada fuera del matrimonio o simplemente mostrar una actitud de independencia que avergonzara al honor familiar.
El Patronato no disponía de infraestructuras propias en su mayoría, por lo que delegó la custodia y «reeducación» de las jóvenes en órdenes religiosas (como las Adoratrices, las Oblatas o las Madres del Buen Pastor). Esta alianza creó una red nacional de asilos, reformatorios y maternidades cerradas que funcionaban al margen de cualquier garantía judicial.






