Una brillante e inesperada carta de amor al cine mudo que se diluye en su propio caos
A estas alturas, cuestionar la hegemonía comercial de los Minions resulta un ejercicio estéril. La factoría Illumination ha demostrado poseer el secreto del éxito en taquilla basándose en una fórmula infalible: humor físico universal, ritmo frenético y personajes icónicos. Sin embargo, la llegada a las salas de Minions & Monsters obligaba a plantear una pregunta necesaria para la crítica: ¿puede un fenómeno cimentado en el puro divertimento infantil madurar hacia una propuesta que dialogue con el espectador más cinéfilo sin perder su identidad?
La respuesta que nos ofrece el veterano director Pierre Coffin es tan estimulante en sus intenciones como irregular en su ejecución. Ambientada en el Hollywood de 1927 —en pleno ojo del huracán de la transición del cine mudo al sonoro—, esta entrega decide romper parcialmente con la mitología establecida para seguir las peripecias de una nueva tribu de Minions. Lo que arranca como un deslumbrante homenaje al slapstick de Buster Keaton y a la edad de oro de la industria, termina colisionando inevitablemente con las exigencias del cine de masas contemporáneo cuando los monstruos y la acción digital irrumpen en la pantalla.
Esta entrega cuenta la disparatada, ridícula y absolutamente verdadera historia de cómo los Minions conquistaron Hollywood, se convirtieron en estrellas de cine, lo perdieron todo, soltaron monstruos en el mundo y acabaron uniéndose de nuevo en un intento de salvar el planeta del desastre que ellos mismos habían creado.
La colisión de dos películas opuestas
La historia sitúa cronológicamente su punto de partida en 1927, un año bisagra y sagrado para la historia del cine. Tras el enésimo accidente provocado por su torpeza innata —que los deja huérfanos de líder una vez más—, una facción de los Minions deambula hasta los platós del Hollywood primitivo. Allí, lo que en el mundo real es destructivo se convierte, ante la lente de la cámara, en oro puro: su dominio absoluto del slapstick (el humor físico de golpe y porrazo) los catapulta a la cima de la industria, convirtiéndolos en los rostros más cotizados del cine mudo.
El verdadero motor del conflicto estalla con el advenimiento de los «talkies» (el cine sonoro) tras el histórico estreno de El cantor de jazz. El minionese, esa amalgama fonética incomprensible que hasta entonces se camuflaba tras los intertítulos en blanco y negro, se convierte de la noche a la mañana en su ruina profesional. Desahuciados por la industria, dos Minions con aspiraciones artísticas, James y Henry, deciden rebelarse contra el olvido financiando su propio largometraje de terror independiente. El giro que dinamita la lógica interna del relato ocurre cuando, buscando realismo para su producción de serie B, adquieren un grimorio mágico real que convoca a auténticas criaturas de pesadilla en las colinas de Los Ángeles.
el nuevo capítulo de la saga que sigue a otra tribu de Minions lanzada en una misión imposible: encontrar al jefe más diabólico para ponerse a sus órdenes. Este tipo de misiones nunca suele acabar bien. En el pasado juraron fidelidad a todo un abanico de jefes malvados, entre los que mencionaremos un cíclope, una momia, un pirata, un dictador y un hechicero, pero cada una de estas alianzas acabó en un estrepitoso fracaso. En MINIONS & MONSTERS, su búsqueda les lleva al Hollywood de 1920, pero en vez de encontrar a otro villano, descubren algo del todo inesperado, el cine.

Illumination’s MINIONS & MONSTERS, directed by Pierre Coffin.
Contexto histórico y la red de homenajes cinéfilos
Más allá de sus evidentes aspiraciones de entretenimiento familiar, el verdadero valor académico de Minions & Monsters reside en su densidad referencial. Lejos de conformarse con el guiño perezoso y la alusión superficial a la cultura pop contemporánea —un vicio endémico del cine de animación comercial actual—, el guion de Pierre Coffin y Brian Lynch se sumerge con un respeto reverencial en las raíces estéticas y tecnológicas del séptimo arte. La película no solo utiliza el Hollywood de finales de los años 20 como un mero telón de fondo estético, sino que lo convierte en el motor conceptual de toda su narrativa, transformando la pantalla en un lienzo donde conviven la vanguardia del cine mudo, el expresionismo europeo y la era dorada del cine de monstruos.
Este interés atraviesa MINIONS & MONSTERS, que se alimenta del cine clásico de monstruos y del lenguaje visual del primer Hollywood. Entre las numerosas referencias que contiene la película hay varios guiños a la osadía física de Harold Lloyd, la impávida precisión de Buster Keaton, la comedia expresiva de Charlie Chaplin y los increíbles dibujos animados de Ted Avery, así como a los diversos estilos del cine de la época.
Uno de los momentos mas molones de la pelicula es el homenaje a las peliculas y a la historia del cine con referencias a Matrix, Tiburon o de George Lucas como una estatua en vida en una vitrina para gustor de los visitantes y de los espectadores.
La batuta del caos
Hablar de la franquicia de los Minions sin mencionar a Pierre Coffin es, simple y llanamente, una imposibilidad teórica. El realizador y animador francés no solo ha sido el arquitecto visual de la saga desde su génesis en 2010, sino que se ha convertido en su propia materia prima al prestar su voz a cada una de las miles de criaturas amarillas que pueblan este universo. En Minions & Monsters, Coffin se enfrenta al que probablemente sea el mayor reto de su carrera como director: gestionar un presupuesto multimillonario de estudio mientras intenta colar, bajo el radar del entretenimiento de masas, una propuesta formalmente vanguardista y de corte puramente autoral.
Afrontar la dirección de un filme donde los protagonistas absolutos carecen de un lenguaje articulado inteligible exige un dominio milimétrico de la puesta en escena, el ritmo y la narrativa puramente visual. A continuación, analizamos cómo Coffin consigue salir victorioso en la difícil tarea de coreografiar el caos, diseccionando los aciertos de su dirección y los momentos en los que su pulso parece flaquear ante las inevitables directrices comerciales de la maquinaria de Illumination.
El mayor acierto de Coffin en esta entrega radica en su valentía formal durante el primer tercio del metraje. Al privar a los personajes de la muleta del diálogo comprensible y someterlos a las reglas del cine de 1927, el director se ve obligado a regresar a la pureza del cine físico. Coffin demuestra un dominio absoluto de la geometría del encuadre y del timing de la comedia visual, heredado directamente de la escuela de Tex Avery y los Looney Tunes.
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L to R: James, Ed, Henry and Goomi in Illumination’s Minions & Monsters, directed by Pierre Coffin.
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Center L to R: Dick, Ed, James, Henry and additional Minions in Illumination’s Minions & Monsters, directed by Pierre Coffin.
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Illumination’s Minions & Monsters, directed by Pierre Coffin.
Retratos en amarillo y claroscuro
El verdadero motor de cualquier comedia de enredo reside en la química de sus peones, y en Minions & Monsters este axioma se lleva hasta sus últimas consecuencias. Al desplazar el foco de la habitual terna protagonista (Kevin, Stuart y Bob), la película se ve en la obligación de reformular la dinámica interna de la tribu. El reto no era menor: dotar de individualidad y carisma a criaturas esféricas que comparten un mismo diseño base y un idioma incomprensible, al tiempo que se introducen figuras humanas y robóticas que deben encajar en una atmósfera que cabalga entre la nostalgia de los años 20 y la ciencia ficción de serie B.
La gran virtud de esta pareja de Minions (Voz del director Pierre Coffin) es que no buscan replicar el liderazgo de Kevin o la inocencia naíf de Bob. James y Henry están cortados por el patrón del artista incomprendido. Su motivación no es encontrar al villano más despreciable del planeta, sino alcanzar la gloria artística en una disciplina que veneran: el cine. La química entre ambos es el ancla emocional de la primera mitad del filme; su desesperación por no ser escuchados tras la llegada del cine sonoro dota a la película de una capa de melancolía inédita en la franquicia.
Por otro lado, tenemos a Dort es, sobre el papel, una de las adiciones más arriesgadas de la cinta. Con la voz de Jesse Eisenberg —quien imprime su característico ritmo de habla ansioso y cerebral—, este autómata alienígena es un tributo directo a la ciencia ficción clásica de los años 50. Aunque su deseo de conquista mundial frustrado por un enamoramiento tardío ofrece momentos cómicos notables, Dort funciona mejor como un concepto estético y un guiño a la cinefilia de culto que como un engranaje fluido de la narrativa.
Por ultimo, Debbie (Zoey Deutch) aporta el contrapunto terrenal e histórico como una sufragista de la época envuelta accidentalmente en el caos de los estudios. Su presencia sirve para enraizar la película en los movimientos sociales de finales de los años 20, aunque su romance con Dort se percibe un tanto forzado para rellenar los minutos del segundo acto.
Un notable ejercicio de nostalgia que consolida la madurez de la franquicia
Minions & Monsters se consagra como la propuesta más valiente, madura e inteligente que ha salido de las oficinas de Illumination desde la Gru original. Es un filme que juega a dos bandas y que se queda a las puertas de la genialidad absoluta debido a los peajes comerciales que se autoimpone en su tramo final. Sin embargo, el viaje merece la pena: Pierre Coffin consigue inyectar una dignidad artística inédita a la franquicia, demostrando que detrás de los gags elásticos y el gamberrismo amarillo late un amor profundo y sincero por la historia del séptimo arte. Una cita obligada para cinéfilos nostálgicos y familias por igual.
Lo Mejor: La audacia del primer acto, La densidad del tejido cinéfilo, El diseño artístico y sonoro
Lo Peor: La fractura del segundo acto, La subtrama de Dort y Debbie
Nota: 7’5
A continuación os dejamos el trailer de la pelicula que podeis ver desde hoy en cines


